MI ABUELO JUAN

 

 

Hay abuelos cuyo recuerdo hace que sus nietos aspiren a convertirse en iluminados Mesías para “cambiar la realidad”. Con todo el respeto, que no es ninguno, me viene a la memoria el célebre abuelo de un zapatero que no tenía zapatos para remendar y cuya estirpe se dedicó a otros menesteres que fastidiaron (por no decir jodieron) muchísimo a muchísimos españoles.

Pero mi abuelo, según me han contado todos los del pueblo que le conocieron, era mejor, infinitamente mejor persona que aquel zapatero del cuento y sus nietos nunca han aspirado a cambiar la realidad ni a hacer mal a nadie.

El que conserve en su poder el excelente y nunca bien ponderado libro titulado “ III centenario Nacimiento de Griegos 1694-1994” podrá conocer a mi abuelo si mira la fotografía de la contraportada. La fotografía se titula “Rondalla 1907” y mi abuelo es el primero de la derecha de la fila de los sentados y está con su inseparable laúd. Me gusta la mirada clara de sus ojos verdosos y la bondad y nobleza que emana de su fisonomía y al contemplar lo atractivo de su persona me siento orgulloso de mi abuelo al que no llegué a conocer nunca.

Esa rondalla, según me contaba mi querida e inolvidable madre, hacía muy felices a los de Griegos tocando su música en bodas, bailes domingueros, fiestas mayores, rondas o simplemente acompañando la petición de cualquiera que desease cantar una brava jota aragonesa.

Mi abuelo no era ningún oficial del ejército pero ejercía con orgullo y gusto, quizá el más antiguo y noble de los oficios: era, como tantos otros agricultor-ganadero y, además de sus tierras, poseía una paridera para guardar sus ovejas (en la actualidad es un solar cerrado) y una buena casa que ahora se halla en estado de pre-ruina. Esos dos edificios milagrosamente quedaron intactos cuando tuvo lugar la tragedia de Griegos en agosto de 1938. Mi abuelo también quedó intacto milagrosamente cuando huyó en dirección Orihuela entre el silbido de las balas asesinas que tantas vidas inocentes segaron entre sus convecinos en aquella desesperada huida. Su propio yerno Daniel Lahoz Chavarrías quedó reventado por la explosión de una bomba lanzada desde las trincheras de La Muela de San Juan dejando viuda a mi tía Consolación y huérfanos a mis cuatro inocentes primos.

Como he dicho, al igual que sus propiedades salvó su vida, y sin saber cómo, porque el choque emocional lo anuló, mi madre y mis tías que también se salvaron cada una por su lado, lo encontraron en la ciudad de Zaragoza muerto de hambre y lleno de piojos. Cuando todo se normalizó volvieron a su querido Griegos pero mi abuelo no logró recuperarse de tanta desgracia y murió el 18 de marzo de 1942. Yo reivindico aquí su MEMORIA HISTORICA y la de mi tío Daniel.

Pero volvamos a la casa de mi abuelo. Al volver de los frentes de batalla mis tíos Pedro y Paco decidieron casarse con Trinidad y Amalia respectivamente, y partieron la vivienda por la mitad tal como hoy se puede ver. Aunque yo apreciaba a mi tío Paco sentía mucha mayor predilección por mi tío Pedro al que quería de todo corazón, ya que siendo muy niño, y al no tener hijos el matrimonio, mis padres me habían dejado vivir una temporada grande en su casa y me trataban con el cariño que se trata a un hijo.

Quizá por aquellos felices momentos vividos en mi primera niñez me gustaba mucho visitar la casa de mi tío cuando era ya un proyecto de hombrecito. Habían en la cambra cosas antiguas que me atraían: utensilios para amasar pan, medias fanegas para medir el grano, cribas, un molde para hacer jabón, cestas de mimbre, una artesa, varias tinajas del frito, trojes o atrojes llenos de trigo, un viejo arcabuz quizá de los siglos XI o  XII, etc. Sin embargo, lo que de verdad me entretenía era el contenido de una vieja arca de madera natural y herrajes de hierro. Entre los muchos objetos que estaban guardados en el arca uno marcó mi vida y otro me hizo soñar con grandes aventuras.

El que me marcó fue un libro de José María Gabriel y Galán, el poeta del campo y de los labradores, pues a través de él aprendí a amar la poesía. Había más libros en al arca pero no recuerdo ni títulos ni autores. Quizá a mi abuelo le interesarían todos, pero yo bendigo aquel libro que mi tío me regaló y que tan gratos momentos espirituales me hizo pasar en  mi pubertad.

Y las aventuras me las imaginaba yo solo empuñando el revolver “de verdad” con tambor para seis balas que mi abuelo llevaba para defenderse de posibles asaltos en sus viajes a Arganda del Rey cuando en los inviernos iba a trabajar al molino de aceite propiedad de los padres de Josefina de León. La realidad es que me pasaba horas y horas yo solo en la cambra apretando el gatillo en todas direcciones y repitiendo en voz alta por cada tiro imaginario ¡pum! ¡pum! ¡pum!; disparos destinados a matar a los más estrafalarios personajes que pueden caber en la mente de un niño soñador con un revolver auténtico en la mano.

También quiero resaltar la bondad y generosidad de mi abuelo y su esposa cuando murió la madre de Josefina de León al nacer ésta. Mi abuela estaba entonces criando a mi madre y fue llamada urgentemente para que fuera a Arganda a criar con su pecho a mi madre y a Josefina. Así lo hizo dejando a sus otros hijos al cuidado de algún familiar.

En estos nuestros tiempos que con tanta prodigalidad ayudamos los españoles a todas las naciones desfavorecidas de la tierra, (¡porque hay que ver lo buenos que somos todos los españoles!), muchos dirían que lo que hizo mi abuela fue un acto de esclavitud. ¡Pobre obrero explotado y pobre mujer exprimida en sus pechos! ¡Oh! ¡Abajo los tiranos!.

Pero la realidad es que Josefina de León, su esposo Francisco Antoñanzas y todos sus hijos vinieron alguna vez a visitarnos a nuestra casa de Sagunto, demostrándonos el gran cariño fraternal que como hermanas de leche sentían por mi madre, y si la relación no fue más fluida pienso que se debió más a la dejadez o timidez de mi madre que a los auténticos deseos de aquella señorial y buena familia.   

Las circunstancias y la educación recibida modelan nuestros puntos de vista. Yo cuento las míos con la más absoluta veracidad de la que es capaz mi memoria.

 

José Juan Herranz Martínez

       Mayo 2011