MONAGUILLOS

 

 

Transcurridos 2.010 años desde el nacimiento de Jesucristo, la Iglesia Católica tiene bien probada su sabiduría como institución. Sin embargo, personalmente creo que ha sido una equivocación  de la Iglesia actual prescindir de los monaguillos. Y no voy a entrar a valorar las razones de este pensamiento mío. Me limitaré a reflejar en este relato mi experiencia como acólito de la Iglesia parroquial de Griegos desde el año 1951 al de 1955

Acompañado de su madre y hermana llegó un jovencísimo y entusiasta sacerdote llamado  Samuel Valero natural de Royuela. Su atractiva persona transmitía alegría, dinamismo, bondad y otras muchas virtudes que ejercía en grado superior a los demás que yo había conocido. Y es que éste, a mi parecer, creía firme y absolutamente en su tarea de salvador de almas. Era un cura muy especial, como especial era la prelatura a la que pertenecía, según supe años después.

A los pocos días de llegar seleccionó a seis niños, entre los cuales yo me encontraba, para ayudarle y asistirle en todo lo que era menester durante la celebración de la Santa Misa o en cualesquiera otras celebraciones, propias de su ministerio.    

Nos reunió y formalmente manifestamos ante él nuestro deseo de servir en todo momento a Dios y a la Iglesia; después nos asignó una sotana roja y un roquete blanco que deberíamos vestir en los actos religiosos.

En todas las celebraciones se utilizaba entonces el latín, así que la primera tarea fue aprender lo justo de ese idioma para hablarlo, cómo y cuando correspondía. Y eso fue bueno para mí.

Éramos dos los monaguillos que habitualmente le ayudábamos y nos daba cincuenta céntimos por cada acto.

Mi primera obligación, además de ir limpio y bien peinado según nos tenía dicho, era realizar los tres toques de campana para avisar al pueblo. El primero media hora antes del comienzo, el segundo quince minutos, y el tercero y las campanadas prácticamente a la hora de iniciar la misa. Cierro los ojos y me veo vestido con la sotana y el roquete saliendo de la sacristía, mostrar mi respeto al santísimo realizando una genuflexión delante del sagrario y caminando deprisa por el pasillo de entre los bancos vacíos llegar a la cuerda situada junto a la pila bautismal en el extremo opuesto de la iglesia. Tiraba de la cuerda con energía y sonaba la campana en el campanario y, a cada sonido, me parecía que por la escalera de caracol que sube hasta lo más alto de la torre bajaban a cogerme todos los diablos del infierno. ¡Cuánto miedo pasé tocando las campanas!

Entre toque y toque, en la sacristía, yo sacaba de los cajones de dos grandes y antiquísimas cómodas de madera carcomida, los ornamentos sagrados que Mosén Samuel vestiría en cada celebración. Al colocarse las prendas, una sobre otra, las besaba y musitaba una oración como rito propio del momento. El amito, el alba, el cíngulo, la casulla, (de colores diferentes según el tiempo litúrgico), el manípulo y la estola eran los propios de la misa. En los entierros lucía una gran capa negra con bordados dorados; en las procesiones y bendiciones del Altísimo, exhibiendo ante el pueblo la custodia o el copón, la capa era de colores  alegres  también con  bordados dorados, y en los bautizos creo recordar que sólo el alba corta o roquete, el manípulo y la estola eran los ornamentos utilizados.

En aquel tiempo la Iglesia era un lugar muy importante tanto en su aspecto espiritual como social y socializador. Solamente el hecho de que la gente se aseara y se pusiera sus mejores galas para ir a ella, ya tiene mucho mérito. Y es que en un pueblo de labradores y pastores tan pequeño como Griegos no había lugar ni ocasión para poder lucir un vestido o un traje nuevo o limpio. ¿Cuántos enamoramientos no habrán comenzado al ver lucir en la iglesia a la persona amada?

Me sentía importante cuando con paso solemne salía delante del cura desde la sacristía hasta el centro del altar (el otro monaguillo iba detrás) para celebrar la misa. Me impresionaba la majestuosa reverencia, la persignación y las primeras palabras: In nómine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti, a las cuales yo respondía Amén.

Después el manejo del misal, de las vinajeras, de la campanilla, del incensario, del hisopo, del cepillo para solicitar el donativo que cada uno libremente quisiera hacer; el alzado de casulla en la consagración, el sostener la patena debajo del mentón de cada comulgante, el responder en latín cuando correspondía, etc. me transportaba a un mundo mágico, puro y gozoso.

Me apenaba, por corta, cuando Mosén Samuel concluía la misa diciendo: Per ipsum, et cum ipsu, et, in ipso, est libi Deo Patri Omnipotente, ovnis honor, et gloria per omnia saecula saeculorum. Amén, finalizaba yo

Con solemnidad regresábamos a la sacristía y allí, con esmero, se guardaban las ropas como era costumbre. El cura nos entregaba los dos reales y nosotros salíamos contentos de la iglesia y con la autoestima muy alta.

Pero mi entusiasmo llegaba a extremos inimaginables cuando se celebraban las fiestas mayores o patronales del pueblo y la misa se cantada solemnemente en Gregoriano y venía desde Albarracín o Teruel a predicar desde el púlpito un imponente orador sagrado y las imágenes se sacaban en procesión encabezada por tres monaguillos portadores, uno de la cruz parroquial en el centro y  los otros dos con un farol cada uno al principio de las dos filas de personas.  Las campanas las bandeaba furiosamente Rufino Marqués, herrero y campanero, y había banderas españolas y estandartes religiosos finamente bordados, y los cargos (encargados de las fiestas) sobresalían con sus varas de mando y sus anchas y vistosas cintas de colores cual si fueran diplomáticos de una embajada extranjera, y la banda de música tocaba y todo el pueblo se unía a la comitiva en un murmullo alegre, educado y devoto. Detrás del patrón, portado en andas por mozos voluntarios iba el cura, el sacristán Marín Chavarrías y la corporación municipal.  Y al regreso además, a pie del altar, nos daban aquellas deliciosas galletas de  auténtica vainilla depositadas en un tabaque recubierto de puntilla blanca.

El asistir en los bautizos, en las primeras comuniones, en las confirmaciones, en las bodas, en el rosario, en el mes de María; el leer textos en voz alta, el cantar junto a todo el pueblo, me llenaba siempre de una enorme alegría y ayudaba a mi formación humana.

Pero como la dicha nunca puede ser perfecta, habían dos actos en los que el temor y a veces el terror inundaban todo mi ser. El primero era asistir  a dar la extremaunción o santos óleos a un enfermo terminal y el segundo el entierro de los muertos.

En el primer caso mi sentimiento era de temor al ver a las personas en sus últimos momentos de vida. El sacerdote ungía con un algodón empapado con aceite consagrado (oléum en latín) en siete puntos diferentes del cuerpo al tiempo que rezaba sus oraciones y animaba después a los familiares.

La muerte de una persona se comunicaba al pueblo mediante el toque especial de campanas por parte del campanero, “toque a muerto”. Un golpe seco con el  badajo de la campana mayor y a continuación otro golpe de la campana menor a ritmo lento que inundaba de tristeza indefinible el ambiente y el alma de las gentes. Se terminaba con dos golpes si el difunto era hombre, tres si era mujer, y uno diferente con la campana menor si el finado era un menor de quince años.

El acto de enterramiento al día siguiente era anunciado con un toque especial de campanas y, normalmente, se elegía el atardecer para que pudieran asistir los hombres que trabajaban en el campo. Durante la conducción del cadáver desde la casa hasta la iglesia se tocaba varias veces con el badajo de la campana mayor.

Para celebrar el funeral, en el pasillo central de la iglesia, se montaba un gran catafalco o túmulo de madera cubierto totalmente con un paño  negro y varios candelabros altos con velas encendidas a cada uno de sus lados.

Acabada la misa funeral y tras el rito oficial de despedida con aspersión de agua bendita e incensación alrededor de la caja entonando el dies irae dies mortis , se organizaba de nuevo el cortejo para conducir el difunto al cementerio al mismo ritmo de campana que para llevarlo a la iglesia.

Aunque la narración sea algo desagradable en este punto, así es la vida y así es la muerte y así era como se procedía, y así dejo yo mi personal constancia de ello.

Terror era para mí ver a cuatro hombres con cuerdas bajar la caja  hasta la fosa cavada desinteresadamente por vecinos del pueblo y gran terror escuchar el sonido de las primeras paladas de tierra sobre la caja, porque me imaginaba que yo era el muerto y que me iba a quedar allí para siempre; pero eso entraba en mi sueldo de dos reales y las dificultades hacen a los niños fuertes. . . o los vuelven locos.

En fin que también lo pasábamos muy bien en el salón parroquial viendo películas de risa mudas y jugando al futbolín, a las damas, al ajedrez y a otros muchos juegos que Mosén Samuel instaló en el bajo de su casa, modernizando la diversión de los niños y jóvenes del pueblo. Y también nos divertíamos jugando al fútbol en el campo que por su iniciativa y bajo su mandato construimos orilla de los pinos de la Malena corriendo por el césped natural detrás del primer balón de cuero que hubo en Griegos.´

Y aunque al principio había escrito que no iba a enjuiciar el cambio de la Iglesia al suprimir los monaguillos, al recordar ahora la construcción del campo de fútbol pienso en las escuelas infantiles creadas por los clubes a las que acuden a diario cientos de miles de niños con el consiguiente éxito deportivo. ¿Sería igual ese resultado sin el entrenamiento constante de esos pequeños deportistas? ¿Sería igual la decadencia de la Iglesia Católica si hubiera muchos monaguillos?

 

José Juan Herranz Martínez   12/01/2010